El sábado pasado celebró su cumpleaños nº 75 la menor de los hermanos de mi padre, la tía Encarna. Más de 30 personas fuimos al pueblo donde nacieron, ella, mi padre y sus seis hermanos más. Se trata de Candeleda, un sitio que sigo visitando con ilusión, como cuando era pequeña. Está ubicado entre el Valle del Tiétar y La Vera, en el sur de la Sierra de Gredos, en Ávila. 

De los ocho hijos de mis abuelos quedan cuatro, con Encarna: Nuño, Félix y Borja, quien porta el orgulloso adjetivo de ‘nonagenario’. 

Primos, nueras, yernos, cuñados, nietos, bisnietos y una larga parentela nos dimos lugar en la vieja casona en la que pasé tantos veranos con las rodillas magulladas, las mejillas rubicundas y el alma libre. 

Entre cubiertos, copas, vasos y platos de distintos colores y estilos, risas, barullo y olores que emanaba la exquisitez de lo que cada quien cocinó y llevó al convite, Marina, esposa de mi primo Nicolás -hijo de la fallecida tía Sonsoles- chocó, repetidamente, su tenedor de metal en la taza que tenía frente a ella, en solicitud de silencio para hablar. Todos callamos, a excepción de los niños, ubicados en otras mesas, para prestar atención a su mensaje colectivo. Con su peculiar estridencia al hablar y su figura enclenque nos miró a todos y, finalmente, exclamó: quien muestre alguna foto de la nueva novia de Piqué por la que ha dejado a Shakira, se lleva premio. He traído la tarta de melocotón que os gusta tanto, pero hoy solo será para el ganador. A ver, chicos, avispad… no hay señal de la mujer y dicen que tiene 22 años. Ya es hora de que alguien sepa algo, ¿eh?

La barahúnda continuó y las conversaciones se hicieron de grupos más pequeños. Yo observaba al tío Salva al lado opuesto de la mesa, quien alzaba su mano en señal de pedir la palabra, pero nadie se percataba de ello. Él se casó hace 53 años con mi hoy difunta tía Mercedes. Vive solo en Villar de Matacabras y, como único habitante del sitio ha declarado, abiertamente, que no se moverá de ahí. Con sus propias palabras, ama su tierra, sus ovejas y a sus abejas

Cuando al fin un silencio natural pareció usurpar aquella algarada, el tío Salva emitió un afectado carraspeo para manifestar algo. Aguardamos todos, prestos a su mensaje.

Sois jóvenes aún, tenéis familias, hijos y una España que os necesita para su reconstrucción. Vienen tiempos muy duros. Guardad comida y conservad alimentos que duren por años. Yo os he traído miel para vuestras casas. Tenedla con vosotros, que no se echa a perder. 

Yo, al escucharle, no supe si tragué saliva o hiel. Parpadeé despacio. La circunspección de la atmósfera erizaba mi piel. Miré a todos enseguida y solo vi rostros embebidos en los teléfonos móviles. De pronto, un estrepitoso sonido rompió aquella escena. Milagros, otra de mis primas políticas, se levantó de la mesa y, bruscamente, tiró una copa al piso, quebrándose en pedacitos ¡Ya la tengo, Marina, ya la tengo. Aquí está la chica con Piqué! se desgañitó como si quisiera enterar al pueblo vecino de su hallazgo. Todos comenzaron a pedirle que dejara ver el móvil con la foto en cuestión. Los comensales soltaron lo que tenían en las manos y pedían que mostrara la evidencia, con arrebato. Otros más sentían frustración por no haber sido acreedores del gran premio.

Llegó la hora de partir a casa. Todos se despedían, atropellándose unos a otros. Con orgullo, una familia joven con tres niños pequeños portaba la honorable presea de la tarta de melocotón para luego comer en casa.

Fui de las últimas en salir.

Al besar a la tía Encarna en la frente miré la mesita del salón que teníamos a un lado del sitio en que comimos: 13 frascos con 2 litros de miel cada uno, vestidos por una preciosa tela que cubría la tapa y una etiqueta escrita a mano por el tío Salva, permanecieron ahí, olvidados, inertes, como sin más ilusión que regresar de donde vinieron.

Cogí mi frasco, abracé al tío Salva como nunca antes y no supe qué decir. Me encaminé al coche. Mientras me acercaba a él, le miré de reojo. Alcancé a verle a unos metros de distancia, con el paso calmo, recogiendo la miel para colocarla en su vieja furgoneta. 

Piqué… Piqué… le oí balbucear.

FIN.

Por Mone

9 comentarios en «Piqué y mi tío Salva»
    1. Quizá, más que carentes de responsabilidad, embebida en la cultura de lo fácil, lo rápido, lo que contiene escarnio y se digiere ‘fácilmente’. Lo que es dopamina que parece tomada con aspirina, tan sin pensar, sin escudriñar, sin inquietarse en nada. Gracias por comentar y por leer ¡¡Un beso grande, Nerea!!

      1. Mone querida. Te vi ayer por primera vez en ecoencuentro, en la tertulia sobre el amor. Me pareció brillante tu reflexión y más brillante aún el amor que desprendía tu ser exponiéndola. Ahí me dí cuenta de lo bonita que es tu esencia. Y hoy te leí y me emocioné, y a la vez sentí algo que podría denominar cómo una sensación de impotencia mezclada con tristeza. Lo que cuentas es el reflejo de una sociedad desconectada del amor, carente de valores, dónde se aplaude la mediocridad y se ningunea a quien intenta regalarte amor y conciencia en botes de miel. Quizá seamos una minoría de momento los que queremos crear y estamos creando una sociedad menos disfuncional. Por ello hay seguir sembrando semillas de amor y conciencia incondicionalmente con la confianza de que un día darán sus frutos. La respuesta al amor es amor multiplicado, por eso tengo la certeza de que el amor que tú tío Salva puso en sus palabras y en su miel no fueron vanas. Los allí presentes las obviaron, pero tú has hecho de canal para que su sentimiento se expanda y llegue más allá de los ahí reunidos y que toque el corazón de otros muchos de la misma manera que ha tocado mío. Gracias Mone.

  1. Gracias por varias cosas en tu relato: me recordaste a tu padre, mi amigo; me da gusto que ejercites y compartas tu propia literatura; que confirmes lo difícil de que las personas compartamos las mismas visiones y prioridades de las cosas; y finalmente que exista tu tío Salva.

    1. Gracias a ti, por más cosas: por seguir conectados (tú me traes también, recuerdos de mi padre, quien tanto te quería), por regalarte un rato para leerme (un honor) y por tus siempre sensatas reflexiones. Es verdad: no podemos compartir las mismas visiones y eso, quizá, hace todo más natural. De hacerlo seríamos un mundo ‘plano’ y sin gracia. Lo heterogéneo nos brinda esa chispa que hace que aún como humanidad, no tengamos solución (es verdad) pero sigamos juntos, disfrutando este paso por la vida. Un beso muy grande, Vicente.

  2. La tierra prometida era una tierra de donde manarían leche y miel. Hoy en día se demoniza la leche y se olvida la miel. Tu tío Salva tiene toda la razón hay que estar preparados y nada como la miel para afrontar seguros los tiempos de vacas flacas.

    1. Aún podemos, Ale, rescatar dicha tierra con reflexiones como la que haces. He mirado hacia muchos lados, pero no al de los alimentos prohibidos o denostados, por lo que agradezco ese ‘toc toc’ para darme cuenta de esa vertiente. Gracias por tu tiempo a mis líneas y a comentar. Un beso grande !

  3. Se me estremece el alma y me brotan las lágrimas porque así es en una amplia población, ciegos, mudos, carentes de creatividad y vacíos de contenido… Abrazo al tío Salva, comparto la tarta entre todos los presentes y agradezco la miel que me hace pensar. Guardo esperanza y siembro cada día. Gracias Mone.

    1. Querida Eva: yo me quedo con una sonrisa dibujada en la cara, inevitablemente, tras leer tus líneas. Esa esperanza que cada día guardas y todo lo que siembras cada día, es poesía a los ojos y dulzura en el paladar. No está todo perdido: hay luz en este túnel pasajero por el que transitamos y hay muchos «tíos Salva» quienes, desde sus «trincheras» están haciendo lo propio. El que quiera oír, lo hará… el que quiera ver, lo hará. Ahí estás tú, también, con tus tarros de miel. Muchos han de ir a por ellos. Un beso y GRACIAS.

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