Una reflexión sobre la sin fin intervención humana sobre la Naturaleza

Eres del ángel el rubio mechón
brillante en el alto horizonte,
el filtro tímido del sol radiante,
el albo velo del celeste azulón.

Eres el odre de feraces dioses
que en la tierra seca y ardiente
vierte dulces y ricos néctares;
la gris promesa de vida naciente.

Eres Fuego del primigenio Universo,
de la Fuerza creadora su bramido,
del terror su sonido angustioso;
el fulgor que deja el ánimo cohibido.

Nube sagrada, nube divina,
contigo quiero humilde hablar:
mancillamos tu belleza prístina,
¿nos puedes quizás perdonar?.

¿Por qué ahora no hablas?,
¿nada tienes que comunicar?,
dolorosos rayos nos mandas,
¿puedo esta señal interpretar?.

Procedo un instante a respirar,
resueno con mi tormenta interior,
al fin su lenguaje puedo captar,
su mensaje me llena de pavor:


“Quién se creyó de divino linaje
y pensó a la Naturaleza someter,
ya he hecho su postrer viaje,
su alma tiene que perecer.

Más quién no la quiso dominar
está en contacto con la divinidad,
está salvado para la eternidad,
¡las nubes NO se pueden tocar!. “



Por Eduardo Lacambra

Escribo de temas sanitarios como Diplomado de Acupuntura por la Universidade de Santiago, y en otros temas como Ciudadano de a pie, Ingeniero sin ejercer, y Creyente, y siempre desde el escepticismo y la sanísima duda permanente

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